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Pequeñas cosas a tener en cuenta
Wilson Armas Castro
“Cuando nos posesionamos en el territorio de lo imaginativo y nos ubicamos en el mundo de los sueños, parece que queremos jugar a la uruguaya, con la garra charrúa, para ponernos en situación de invencibles. No nos damos cuenta que los tiempos del despiste no tienen lugar y seguir en esta tesitura es perder el tiempo que debe utilizarse para planificar cosas concretas”.
Con la última palabra dicha por el disertante desconocido, Francisco apagó el aparato. Sorbió el mate, que esta vez estaba empezado con mezcla de yerbas medicinales y yerba brasileña de la buena, y extendió la mirada hacia su quinta maltrecha.
Le había chocado eso de -»queremos jugar a la uruguaya»- pero, en ese momento no encontró una explicación mejor para contrarrestar la suspicacia del disertante, y siguió con su mate, mirando los yuyos. La sequía se hacía notar aun en el pequeño predio de su jardín y pensó en el formidable presente griego que le preparaba el azar al nuevo presidente electo.
- Es una pena -se dijo- la economía anda mal y el viento se le va a poner de proa. Pero...
En la gran pajarera revoloteaban casi cien pájaros atrapados en el espacio enorme de su celda. «Hasta el lorito Pepe está preso» -pensó -. «Es un tipo macanudo este Pepito: repite lo que le dicen que repita y no se gasta en elucubrar nada personal». Pero es feliz, vive como un rey con su buche lleno de papilla que Francisco le prepara. “¡Si uno pudiera cambiarse de reino, volverse lorito!”, pensó con cierto desdén, entre sarcástico y convencido de que el cambio quizá lo convertiría en un hombre mejor. Por lo menos distinto. Si se convirtiese en un loro se operaría en él un cambio formidable. Sería una prueba, medio de locos, digo de loros, pero tendría una experiencia inédita. No conocía, al menos no había leído hasta la fecha, que hubiese un hombre-loro o un loro-hombre. Un hombre-loro, sí, por supuesto, con cuerpo de hombre; es decir, un hombre sin plumas. Sería de lo más divertido que hubiese uno. ¡Eso es, un hombre-loro, un ser humano con la mente de loro, pero con cuerpo de hombre!
-Son cosas de loco pensar en transformarme en loro -se dijo Francisco e, inmediatamente, cambió de pensamiento y sorbió su mate frío y lavado. La idea siguió su curso y al cabo de algunas semanas de acunar esa luz mala en su cerebro, se le instaló como una mancha voraz y le empezó a carcomer las partes más útiles de su materia pensante. Toda una tragedia. Menuda sorpresa experimentó cuando la idea acabó de instalársele definitivamente en todo su ser. ¡Fue cuando se dio cuenta que estaba convertido en un loro, con plumas y pico y patas y cola de loro! ¡Qué horror! Sin embargo su conciencia funcionaba intacta, humana, y como hombre seguía siendo Francisco.
-Esto no funciona bien -se dijo un día-. Para ser un loro verdadero tendré que convertirme realmente en un bicharraco verde, gritón y pegajoso.
Trató de alejarse de esos pensamientos de loco y pasar otra vez a funcionar como un hombre normal. No era muy agradable sentirse loro, es decir, parloteando y repitiendo siempre incongruencias, como por ejemplo: «¡Qué rica la papa!» «¡Pase, pase usted! ¡Entre, que yo tengo tiempo!» Y cosas por el estilo; verdaderamente disparatado todo este lío, tanto o más dislocado que la paparrucha de los políticos.
Francisco, al principio, sintió un poco de miedo al considerar factible el cambio definitivo. Pero luego se retractó por lo descabellado de la idea. Al fin, después de tantas vueltas, no la vio tan sinsentido: la idea era realmente interesante. ¡Quién pudiera transformarse de buenas a primeras, metamorfosearse sin sufrimientos en un hermoso loro, sin llegar a ser Samsa, convertirse en loro de verdad!
Pasaron algunos meses sin que Francisco abandonara la idea definitivamente y de tanto estrujarse el seso, se le fue haciendo carne la transformación. Ya no podía pensar ni discernir nada, ni hablar ni caminar, sino encarnado definitivamente en loro: la transformación fue su meta.
Estaba convencido definitivamente de las bondades del cambio. «¿Pero...? ¡No tengo aspecto de loro!» -se dijo - «¡Sigo con mi figura humana!» Y se miró al espejo. «¿Cómo hago?»
Cuando se dio cuenta que no era tan fácil trasformarse en pájaro, cayó de muerte en un estado depresivo. Deseaba y no podía alejarse de esa idea funesta, y comenzar a vivir como dios manda, como un hombre. Se levantaba temprano, escuchaba los informativos, leía alguna cosita en el diario, tomaba mate, siempre con algún yuyito metido en la yerba brasilera, y a veces, pretendía cantar pero no afinaba ni recordaba las viejas letras de tangos tan queridos, y terminaba por cerrar el pico como si fuera un pájaro viejo. Iba al boliche y casi no tenía compañeros de copas con quienes charlar. En fin, había que pasar el día lo menos aburrido posible y, a veces, trataba de cantar algún pedazo de “Mi noche triste”, el único tango guardado con cariño en su memoria.
Hasta que una mañana despertó decidido a convertirse en loro, fuere como fuere.
Su primera experiencia fue la de instalarse en la rama de su de su frondoso sauce, confundiéndose con el verde tierno de las hojas. ¡Qué magistral esa transformación! Le pareció que podría ver sin ser ubicado fácilmente y observar al detalle los movimientos de sus vecinos.
Y comenzó a actuar como un loro. «¡Miracolo!» -se dijo - y, por primera vez pronunció algunas palabras como loro, sin dejar su apariencia de hombre.
-¡Miracolo! -volvió a repetir. Entonces, cayó en la cuenta que, algunos hombres hablaban en otros idiomas como lo estaba haciendo él, sin saber el significado de lo que decía. Y siguió ensayando gorjeos y escalas cromáticas y cosas por el estilo, inventando sonidos y ruidos sin sentido con muchísima facilidad. Era de ver cómo le brotaban fluidamente. «¡Qué bueno es esto!» –se dijo al darse cuenta del efectivo impacto que producía en los escuchas extasiados.
- ”Of course”, “demain je te aimèrè toujour, mon cherie”, “ochienxapaxo”, “buona sera”. Y el loro, es decir, Francisco, seguía descubriendo palabras sin sentido pero que sonaban muy bien desconociendo el significado de las mismas. «¡Esto es maravilloso! ¡Todo el mundo me escucha! ¡Puedo embaucar a cualquiera que crea en mí. Me hago pasar por poligloto y científico!»
- “La recta es la menor distancia entre dos puntos”,” M2= E x T”, bla,bla,bla,,....
Al loro Francisco se le volvió el campo orégano y se fue inflando como un sapo sin encontrar a nadie que le dijera que estaba macaneando. Parloteaba al aire cuanto quería, imaginándose que tenía público escucha. Y el infatuado seguía y siguió por muchísimos años vomitando fórmulas de física cuántica, teoremas matemáticos y postulados filosóficos pos-modernos, hipótesis y premisas supuestamente verificables.
- “RIC-REC-RIC-REC” -escupió el pajarraco.
- «¡Hombre, - se dijo - nadie sabe más que yo», y quedó a la espera de una réplica. Pero, como en un país de ciegos un tuerto es rey, no temió por su integridad sapiensal: nadie podía objetarle nada. Vivió muchísimos años instalado en su verde ramaje, muy feliz, convertido en un loro parlanchín imparable, odiado por algunos, pero admirado por la inmensa mayoría de seguidores incondicionales de su machacona locura licenciosa.
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